Ansiedad y dolor crónico

(Tiempo aproximado de lectura: 5 minutos)

¿Sientes o has experimentado ansiedad por tu dolor crónico? Si es así, te animo a seguir leyendo. También si acabas de debutar en el angosto camino de esta enfermedad, porque quizá te interese leer las siguientes líneas, y conocer qué supone la misma añadida al que ya sobrellevamos, sea por la neuralgia trigeminal u otra patología que cursa dolor permanente.

La ansiedad se cataloga como una emoción humana natural, la cual se experimenta ante situaciones de miedo, peligro, estrés, etc. O producida en el caso que aquí deseo exponer el por una situación de dolor sostenida en el tiempo.

Por lo general, conlleva la falta de aire, movimientos involuntarios, incluso la pérdida del conocimiento. Puede que solo resulte en un episodio transitorio, que con una medicación, descanso y, si es posible, ayuda especializada vayas manejándola y hasta la superes.

No obstante, si la situación se prolonga no todos pueden acceder a una atención terapéutica, y se ven inmersos en el mundo de los ansiolíticos, del que es fácil entrar y la salida se ve lejana o imposible. Ello es debido a que el desencadenante no desparece, a la acomodación de tu sistema, o que se alarga en el tiempo. De hecho, la ansiedad a veces aparecer como una respuesta anticipatoria, es decir, al propio dolor, incluso defensiva ante lo que estás padeciendo, transformándose despuñes en una respuesta desadaptativa ante este último.

Ahora bien, es preciso diferenciar el miedo (aquí tenéis otra entrada), otra emoción, de la ansiedad. El miedo suele aparecer por una situación de peligro inminente, y según los expertos estamos preparados para desarrollar opioides endógenos que lo frenen. El problema aparece cuando las situaciones se repiten sin tú ser consciente, como puede ocurrir ante el dolor crónico, y desconoces si bajará la intensidad o el tiempo que va a estar contigo.

Lo normal es que, en cuadros de dolor prolongado, y si este no responde bien a los tratamientos, el miedo se haya convertido en una reacción mental. No encuentras un alivio duradero, y se desatan todos los elementos para que aparezca en escena la ansiedad desbordante, generalizada y difícil de superar.

Con esta entrada no quisiera ofrecer explicaciones científicas o de profesionales, o solo las justas, porque se pueden encontrar en trabajos con facilidad y fiables, sino exponer, en la medida de lo posible, cómo es para mí. Por ejemplo, la revista Pain (Dolor) señala que si sufres dolor crónico tienes cinco veces más probabilidades de experimentar un cuadro de ansiedad.

Algún lector, no sin razón, me dirá que existen distintas estrategias para actuar, ya sean ejercicios de respiración guiada, el mindfulness y otras de ayuda terapéutica, con los conocidos problemas de cobertura y acceso a los mismos. Particularmente, las conoces, las practicas, pero te sigues ahogando incluso estando medicada, y buscas cómo sosegarte para respirar. Si bien, el dolor crónico resulta ser a menudo tan cruel y de tal magnitud, que cualquiera de las estrategias anteriores no funciona, y todo se amplifica, y a la vez se retroalimenta.

La soga de ansiedad, o el pozo en el que te ves imbuida va haciéndose más profundo y ya no divisas ni la luz exterior. Unos pueden mostrarse alegres y optimistas, con una especial fuerza de voluntad; y otros, sin embargo, caer en la tristeza y catastrofismo, que sabes que no lleva a ninguna parte, si bien es tan humano como todo lo anterior.

A su vez, los trastornos depresivos suelen acarrear un trastorno de ansiedad asociado. En los diagnósticos ya aparece: “cuadro ansioso-depresivo”, al que añadimos otro al engranaje, el del dolor crónico. Afrontar todos ellos en conjunto se arroja complicado, y es algo que sabemos bien quienes transitamos por este camino.

Es el momento de describir cómo siento la ansiedad, y aquí cada uno la experimentará de un modo. Si pudiera ponerle un símil o varios, al igual que al conjunto de síntomas y emociones que trae consigo sería la de un tapón clavado en el esternón, el cual no deja que fluya el aire para respirar con normalidad.

Igualmente se puede asemejar a esa soga, ya comentada, que te amarra todo el cuerpo y alguien que no ves, porque no existe, aprieta sin descanso. Sentir que has caído en un pozo negro, en el que no hay agua para ahogarte, pero no ves la luz y tampoco logras inhalar el aire que necesitas. Lo peor es que aparece sin avisar o da pequeños toques para anunciarte que viene de camino.  Quizá te pille desprevenida o todo lo contrario, se una a un cuadro álgido de dolor ,Fy tus emociones se agolpan en el tablero para salir todas en tropel, superponiéndose unas a otras.

Estos cuadros, en mi caso, se han agravado por el tiempo, el dolor refractario o sin control, una mente al límite, que me han llevado, por ejemplo, a dejar de escribir en esta mi ventana virtual, que es lo de menos, pero sí a paralizar cualquiera otra actividad. El dolor mantenido, junto a la impotencia, las decepciones que no acaban y ya no sabes cómo manejar, el colapso, el agotamiento…, qué voy a indicar que no sufráis quien a menudo lee este blog. De hecho, lo he postergado,  y en otros años estaba más activo.

La ansiedad te frena, te bloquea, te nubla los sentidos… y por muchos fármacos que tomes, y comiences con una respiración guiada o hagas terapia, he comprobado que necesitas espacio, desmenuzar los pedazos de tu mente para recomponerla, y sentirte escuchado y acogido con el fin de que vaya apaciguándose. Nunca será igual, pero al menos verme capaz de volver a unir palabras y frases con cierto sentido, y deshacer algo el  nudo que te asfixia.

No sé si lo estaré logrando, si bien me lo he propuesto como objetivo sin exigencias, que fluya, que encuentre un hueco por el que no solo pueda respirar, al tiempo vea la luz y las ganas de seguir uniendo palabras como intento hacer ahora, y ya le pido perdón al lector si no lo he realizado con la debida coherencia.

Soy consciente, que el hecho de llevar transitando demasiados años por el mundo de la neuralgia trigeminal, y el dolor que esta conlleva, tiene una ventaja que es paradójica, pues ojalá no existiera. Y no es otra que permite conocerme, saber o intuir que viene una crisis; y sin embargo, algunas me tumban en un mar de suspiros, como el pez que pierde su hábitat e intenta buscar el medio para seguir respirando. Por contra, en otras ocasiones puedo sosegarme, y ralentizar la mente pese a que el dolor esté en un punto infernal. No parece lógico, si bien, ya he descartado encontrar cualquier lógica en mi vida.

Estoy casi segura que todo lo anterior es debido a múltiples factores, ya sea el tiempo, la falta de control, una mente muy activa…, aunque los estallidos de ansiedad fuerte pueden emerger en un paciente que solo llevo una corta temporada.

Si el lector ha seguido este blog, conocerá que cuando el dolor físico se amarra a nuestra vida y aparece el indeseado esquema, ya apuntado, de depresión-ansiedad-dolor crónico, y cómo actuar para apaciguarlo, porque romper el círculo es complicado. Los expertos así lo indican, que son las psicopatologías más comunes cuando todo emerge en una cascada que no acaba, y de la que no sales empapado, porque simplemente te hayas debajo de ellas buscando una salida temporal.

En mi caso, he acudido a las manualidades, la lectura, si es posible, la fotografía, colorear, o solo contemplar el paisaje. Todo en un intento de rebajar o distraer la presión que hay en tu mente, como cuando se acelera el corazón.

Lo he expresado más de una vez, que las consultas médicas me generan un alto grado de ansiedad, del tipo que sean y lo he trabajado, pues la evitación no siempre es la solución. Pero sí es importante prepararte para ellas, o que los daños colaterales sean los menos posibles.

Un factor más que para mí aviva la ansiedad es la incertidumbre, las decepciones, y la inevitable desesperanza en este momento del viaje. Mi sistema de alerta está siempre activo. Recuerdo lo leído hace poco en un interesante artículo sobre las huellas emocionales del dolor en el cerebro tras una experiencia traumática, incluso superada. Frente a las tesis, que respeto, de plasticidad del cerebro que permite borrar las mismas.

«Este tipo de “primado del dolor” puede explicar por qué algunas personas desarrollan dolor crónico después de una lesión aparentemente menor. No se trata de un síntoma imaginario, sino de un cambio real en la forma en que el cuerpo procesa las señales nerviosas. En lugar de resetearse al desaparecer el estímulo, el sistema permanece hiperexcitado, como si hubiera olvidado cómo relajarse».

El estudio sugiere que la raíz del problema no está en la mente que imagina, sino en el cuerpo que recuerda. «Insiste que se ha de abrir la puerta a no solo tratar solo los síntomas, sino dirigir las intervenciones a los mecanismos fisiológicos que mantienen al sistema atrapado en modo “alerta”».

Con estas líneas he querido retomar el blog, exponer un tema que nos afecta a muchos y esperar vuestros comentarios sobre cómo os aflige la ansiedad a vosotros, lectores, y si tenéis alguna herramienta para compartir.

5 comentarios sobre “Ansiedad y dolor crónico

  1. Buenos días Tengo 77 años y vivo solo y con dolores crónicos.desde hace ,15 o 20 años y lo mismo con la ansiedad, angustia y y. Más cosas porque soy discapacitados.

    El jue, 4 sept 2025, 12:14, El dolor sí tiene nombre. Escritora

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  2. Querida Leo, puedes estar tranquila, has unido muy bien las palabras en este post. Por desgracia vivir con dolor neuropático es vivir en la incertidumbre, podré controlar la próxima envestida, cuanto durará, me ayudará el rescate que me acabo de tomar, …, al final, como dice artículo, la raíz del problema no está en la mente que imagina, sino en el cuerpo que recuerda, y como se repite una y otra vez, ese recuerdo cada vez es más potente y es el que habría que eliminar para partir de cero en cada crisis.

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