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Esta última entrada es un tanto diferente, porque acudo a la narrativa para expresar el proceso por el que hemos de transitar. Si bien, al final expongo que frente a la adaptación más férrea se encuentra el necesario apoyo mutuo, del que ya escribiera en este mismo blog.
En 1859 Charles Darwin escribió que «las especies más fuertes no son las que sobreviven ni las más inteligentes, sino las que mejor se adaptan a los cambios de su entorno». Sin duda, el entorno es fundamental, si bien cabe preguntarse si esta máxima es aplicable a todas las especies, incluidas las humanas, y en cualquier escenario.
Cuántos significados alberga la palabra «adaptación», ya sea concebida como una acción y tan diferente a la cualidad de «adaptabilidad» o capacidad de realizar la anterior. Sí, parece un juego de palabras, pero este se torna en un malévolo teatro en el que te zambulles sin previo aviso. Nada más nacer has de adaptarte a respirar, luego a comer, a andar o a calzar tus primeros zapatos; sin olvidar los veranos en los que tus rodillas se convirtieron en un mapamundi violáceo cuando te quitaron los ruedines.
Con el soñador tiempo regresa otro proceso de adaptación, pero lo hace con un brío distinto, y el verbo «adaptar» se convierte en una amarga mochila personal. Lo peor es que el insufrible entorno, o la persona que lo emite conjuga el verbo en el modo imperativo: «adáptate o adáptese» según el contexto, y lo más seguro es que se efectúe sin mirar tu reflejo, en un juicio carente de la posibilidad de recurso.
Nadie te explicó la importancia de esta expresión, salvando las circunstancias de no ser el más inteligente, ni el más fuerte, ni el más listo o tener la mejor de las actitudes. Solo es una forma verbal que tú escuchas desde hace décadas, y debes de hacer de ella una forma de vida o mejor de supervivencia.

En la conjugación de verbos aparece otro tan importante, como es «escuchar». Aunque han dotado al ser humano de unos conformistas oídos, para muchos tan solo son una floritura. Crees que escuchar es algo diferente, y hacerlo bien tampoco es para los más inteligentes o fuertes, solo para aquellos que han querido aprender. «Saber escuchar es un arte más».
Desde hace décadas solo te han mostrado un camino, y lo debes normalizar, algo que no alcanzas a comprender, y con cada paso, sobre un pavimento inseguro, toca hacer malabares a fin de evitar las grietas que se forman, o sortear los abismos más oscuros. Lo peor es habituarte al burlón estruendo de tus pensamientos.
¿Dónde quedó tu esencia? La que te acompañó mientras transitaste por los infinitos pasillos, las salas atestadas de silencios ardientes, y los andenes de trenes con una sola dirección. Contemplaste el cambio de algunas estaciones de viajeros en el cruce de la incuestionable adaptación. A la par que tú lo hacías, pero de un modo tan diferente. No para brillar y acoger a ríos de andarines, y que se cuelan entre las bocas negras y las luces artificiales, sino para advertir que el poco destello que te mantenía se va apagando.

No sabes si eres una persona o un triste número el que algunos te han convertido, pues has interiorizado que lo mejor es hacer propia la palabra que te martillea cobardemente: «adáptese», ya que desde hace tiempo solo existe esa posibilidad, y que esta se fije entre los meandros de tu cerebro cual pieza desechable. Tus gritos solo resuenan en un eco que golpea al corazón, deseando que explote de una vez, junto al fervor emocional.
Junto a la adaptación has de sumarle unas grandes dosis de actitud, y a cucharadas soperas. Te dejó de importar, tampoco se la exiges a nadie, aunque no falta la ocasión para que te la recuerden en cada sala que entras con la ilusa pretensión de escuchar algo más que palabras vacías.
¿Quiénes son para exigirte más actitud? ¿Cuál es la suya? ¿Conocerán la paciencia? Una de la que has hecho una virtud, al igual que de tus oídos unos altavoces en los que resuenen todas las frecuencias, en mono o en estéreo, pero nada cambia, solo lo has hecho tú. Cada vez que las palabras vuelan entre tus apagados labios, regresa el olvidado soñador que confió en que la gente fuera capaz de comprender aquello que no se ve, ni dudará de ello.
El miedo, la felicidad, la angustia son emociones o estados emocionales, las cuales a hurtadillas o con pasos de gigante, transitan entre las sombras de tu memoria.

¿Eres feliz? Sí, qué bien, eres un afortunado, porque nadie va a recelar, y hasta te preguntarán por el secreto. Y no existe, solo es una circunstancia efímera o un poco más larga. Esta te abrirá grandes puertas, o unos abrazos de goma en un intento de que contagies la felicidad. Pero no es como el sarampión o la gripe, ni hay fórmulas mágicas para generarla a demanda, ni siquiera a un golpe de clic. Ojalá. Está en cada instante, quizá en este momento, piénsalo, seguro que ahora te aparece un recuerdo.
Hiciste el camino de la adaptación, pero se te fue la vida en agradar o efectuar el cambio. No viste las señales, o tal vez sí, pero qué importan ahora. Es la exigente rueda de la vida. Ya se conoce: adaptarse o morir.
¿Por qué no lo habrás sabido antes? Así, la senda hubiera sido mucho más corta, porque ante ti se desdibuja, a modo de un escenario efervescente, la cotidianeidad forzada.
Sonarán las trompetas y te estarán esperando. Aún no sabes dónde, pero seguro que ellos también hicieron el trayecto con mejor o peor fortuna, acaso un poco más corto que el tuyo. Al menos, te consuela saber que donde has llegado sí escucharán tu nombre.
Frente a la tesis de selección natural darwiniana, y el camino natural de la adaptación aparecen algunas luces para el paciente de dolor crónico u otra enfermedad que se llevó su salud, en un intento de mantenerse, y no es nada fácil. Me refiero a aquellas que transportan el afecto recíproco o la ayuda mutua como valor moral que postuló Piotr Kropotkin en su obra El apoyo mutuo (1902). Al margen de una época en la que surgió, y en la que las instituciones, como hoy las conocemos, no existían.
«Señaló —Kropotkin—, que, en estos casos, no se muestran de ninguna manera «más aptos» aquéllos que son físicamente más fuertes o más astutos, o más hábiles, sino aquéllos que mejor saben unirse y apoyarse los unos a los otros -tanto los fuertes como los débiles- para el bienestar de toda su comunidad» (El apoyo mutuo).
Kropotkin reinterpreta esa visión meramente competitiva de Darwin, y apuesta por la colaboración como factor determinante en la evolución. ¿Merece la pena seguir ante una lucha constante, o apostar por la cooperación? Algo que en pleno siglo XXI, y en un 2024 que acaba, me pregunto dónde estará.
«En todos estos casos, el papel más importante lo desempeña un sentimiento incomparablemente más amplio que el amor o la simpatía personal. Aquí entra el instinto de sociabilidad, que se ha desarrollado lentamente entre los animales y los hombres […], y que enseñó por igual a muchos animales y hombres a tener conciencia de esa fuerza que ellos adquieren practicando la ayuda y el apoyo mutuos, y también a tener conciencia del placer que se puede hallar en la vida social» (El apoyo mutuo Kropotkin).
Durante años he intentado y sigo haciéndolo que esta última tesis albergue en las mentes y los corazones, ya sea de pacientes con dolor crónico u otra patología, profesionales y familiares. Pero en esta sociedad cada vez más individualista, efectuar este ejercicio de refuerzo mutuo demasiado esfuerzo, y aun siendo grande la recompensa, es más sencillo que te pidan un malsano ejercicio «adaptación». Más si cabe una variable como es el dolor, que no depende, ¿o sí?, de ser el más fuerte.



Me parece que la reflexión de Kropotkin es acertada, más el apoyo mutuo es necesario ayer y hoy.
El apoyo mutuo queda desvirtuado hoy en día, pues no se aplica en un ámbito general sino grupal.
Estamos abocados al desastre de la humanidad, no queda mucho tiempo. Cambio climático, contaminación, guerras.
Personas como Leonor son imprescindibles, su calidad humana, su bagaje cultural, su conocimiento nos enseña en la encrucijada que nos encontramos.
Jorge.
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Gracias Jorge por tus palabras. Claro que es necesario, pero se ha perdido en el camino. Conlleva un esfuerzo y no se quiere o se plantea hacerlo. 🫂
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