
«Escribir es un acto de empatía, una forma de conectar
con los demás a través de las palabras». Chimamanda, Ngozi Adichie
(Tiempo aproximada de lectura 5´)
Me gustaría comenzar el año con una entrada dedicada a la escritura. Quizá debí hacerlo antes, pero nunca es tarde; y, además, el paso del tiempo me permite valorarla con cierta distancia.
De hecho, escribir fue uno de los motivos que me llevaron a abrir esta ventana virtual: para expresar con palabras aquello que me sucede —mis emociones, mi dolor, los duelos— y que, estoy segura, algunos lectores comparten. Esta vez, sin embargo, quiero centrarme en el hecho mismo de escribir: en la escritura como terapia, del mismo modo que en su día abordé el arte y el dolor en una entrada muy especial, y que fue muy bien acogida por los lectores.
Como ha explicado la neurocientífica Nazaret Castellanos, al escribir no solo plasmamos palabras en un papel para comunicar algo, sino que realizamos una de «las actividades más completas que puede hacer el cerebro humano». La mayoría de las personas nunca ha sido consciente de lo que ocurre dentro de su cabeza cuando escribe, aunque lo haya hecho toda la vida. Porque al escribir, el cerebro no hace una sola cosa: hace muchas al mismo tiempo. Activa memoria, atención, emoción, lenguaje, control ejecutivo y regulación interna… todo a la vez.
Y es que escribir no es únicamente volcar ideas en un blog —o, en casa, hacer una lista automática, llenar un cuaderno de dolor sin un enfoque reflexivo, o recurrir a lo que se conoce como escritura terapéutica—. En realidad, escribir es un proceso.

Antes de plasmar estas palabras, las he ido ordenando en mi cabeza. Después, las llevé a un esquema en el ordenador y, finalmente, he intentado exponer mi experiencia. De esta manera, elaboras y organizas tu mente en un esfuerzo por ser lo más clara posible. Todo comienza en la mente: con una idea que se va desarrollando. Y ahí trabaja el cerebro, junto con las emociones que quieres conectar, buscando las palabras más sencillas y clarificadoras para expresarlas.
También conviene mencionar que no es lo mismo escribir a mano que hacerlo en el ordenador. Cada vez somos menos quienes utilizamos papel y pluma. Sin embargo, en mi caso sigo teniendo una libreta de notas en la que escribo ideas o pensamientos que, con el tiempo, pueden convertirse en futuras entradas del blog o incluso en un relato.
Desde las redes sociales, desde otras entradas de este blog o en Mi octubre rojo, suelo animar a los pacientes de dolor a que pongan por escrito —de forma privada o pública— aquello que les sucede, sea bueno o malo. Y si lo relacionamos con el dolor, no siempre es fácil. Aparecerán un sinfín de emociones, sentimientos, respuestas automáticas y, por supuesto, el impacto real que el dolor tiene en nuestras vidas.
Con todo, me pregunto: ¿la escritura es —o puede ser— terapéutica? Para mí, la respuesta es un sí rotundo. Y no se trata de escribir “bonito”, sino de organizar tu experiencia vital. También puede ser una vía de exploración en otros planos: la ficción, la historia, el arte… Más adelante lo desarrollaré con calma, pero quiero dejarlo claro desde ahora: escribir no te dará respuestas inmediatas, pero sí puede ayudarte a relacionarte con tu experiencia interna.
Insistiendo en esta idea, la psicología señala que escribir nos permite organizar mejor los sentimientos y las emociones. Este tema lo expone de maravilla la psicóloga Sara Plan en su Manual para convivir con el dolor crónico (Hestia, 2025), donde nos anima a llevar un diario del dolor. También propone hacerlo en forma epistolar: cartas dirigidas a ese “yo doliente”, que no serán enviadas a nadie y quedarán solo para ti. Hay muchas maneras, y todas son válidas.
De hecho, hace poco Sara Plan publicó en Instagram un post que me pareció especialmente acertado: «En terapia no solo hablamos, también escribimos lo que duele, lo que te callas… La escritura es terapéutica cuando el dolor se vuelve invisible, y ponerlo en palabras ayuda un poco a soltar esa carga».
Igualmente, el psicólogo James Pennebaker nos anima a practicar la escritura expresiva sobre las emociones relacionadas con el dolor. Existen otras formas, como la reescritura narrativa, que busca una mirada más compasiva ante pensamientos intrusivos (por ejemplo: “cómo se ha arruinado tu vida por el dolor”). Y también está la escritura narrativa en sí misma, considerada fundamental para la estabilidad psicológica: un cerebro con un poco de narrativa comprende mejor su experiencia. Y, sin duda, lo necesitamos.
En resumen, contamos con diarios de dolor, escritura expresiva, reescritura narrativa, el estilo epistolar de las cartas… y cualquier otra forma que a ti te funcione. Asimismo, os animo a escribir sobre el tema que más os guste, como hace mi amiga M.ª José Parra con el arte.
¿Y qué buscamos con todo ello? Según investigaciones en psicología y neurociencia, la escritura —y yo añadiría el adjetivo “terapéutica”— puede proporcionarnos lo siguiente (la lista no es cerrada):
- Reducir la rumiación. Escribir sobre aquello que martillea la mente no te hará sentir bien de inmediato, pero sí te ayudará a pensar mejor. No elimina las emociones —ojalá—, pero las convierte en información procesable. Pasas de rumiar a elaborar. El ruido mental baja, no porque escribas en sí, sino porque enfocas la atención en otro lugar.
- Aliviar el estrés*.
- Ordenar la mente. Puede reducir la carga emocional asociada a un recuerdo, aunque no lo elimina.
- Entrenamiento cognitivo y cierta regulación cerebral.
- En algunas personas, disminuye la percepción sensitiva del dolor.
- Aumentar la sensación de control emocional. Ayuda a manejar emociones que, de otro modo, quedan atrapadas en la mente.
- Favorecer la flexibilidad cognitiva, con práctica, mejorando la regulación emocional y la capacidad de identificar cómo nos sentimos.
- Estimular la neuroplasticidad. Al buscar palabras para expresar algo, el cerebro crea nuevas conexiones o reformula las existentes (Nazaret Castellanos).
- Descubrir pensamientos ocultos mientras escribes.
- Centrar la atención, uno de los calmantes naturales más eficaces.
Como afirma N. Castellanos: «Escribir interrumpe ese automatismo, porque al escribir el cerebro se ve obligado a hacer explícito lo implícito».
Escribir es un proceso completo: tienes que estructurar, y entonces el cerebro va más despacio. Y eso es una ventaja neurológica, porque obliga a priorizar, elegir, ordenar. Según Nazaret Castellanos, este proceso impulsa la corteza prefrontal y, con ello, baja la ansiedad y se reduce la actividad emocional desenfrenada… algo especialmente importante en los pacientes.

Si nos centramos en el estrés —tan común en el dolor crónico—, la escritura activa mecanismos estudiados desde la neurociencia. Castellanos lo explica así:
*«El estrés sostenido mantiene activada la amígdala y reduce la influencia reguladora de la corteza prefrontal. Dicho de forma simple, la emoción manda y la razón llega tarde. Cuando escribes, ocurre lo contrario. La corteza prefrontal se activa para organizar, nombrar y estructurar. Y al hacerlo, recupera control sobre la respuesta emocional. No apaga la emoción, la ordena. Por eso, escribir sobre algo estresante no siempre relaja en el sentido clásico, pero sí reduce el caos interno».
Para la neurociencia cuando escribimos sobre experiencias personales, se reduce la activación de la amígdala, región asociada a la respuesta de amenaza. La emoción no desaparece, pero pierde intensidad. El cerebro deja de vivirla como algo que lo invade y comienza a observarla como algo que puede comprender.
Sin embargo, no todos los pacientes conectan con la escritura. Y si este es tu caso, quizá sea mejor no abrir emociones que luego no puedas manejar sin apoyo. En ese punto, es importante el acompañamiento profesional o, al menos, empezar con ejercicios sencillos. Por ejemplo: escribir una carta a tu yo anterior, a tu miedo, a tu culpa o a tu autoestima herida… y después observar qué sientes y cómo te afecta.
En lo personal, sí he notado que escribir me ayuda. A veces en forma de llanto; otras como vía de escape: cuando escribo un relato ficticio, mi mente se distrae de emociones más dañinas y rumiadoras. Incluso puede servirte para expresarte mejor en el entorno sanitario, o convertirse en una forma de conectar con otros pacientes.
En mis estanterías hay varios libros escritos por pacientes de dolor crónico que han contado su historia, o que recurren a la poesía para expresar lo que no cabe en una conversación. En el blog he incluido una página con una pequeña biblioteca de libros de pacientes y profesionales (aunque la lista no es completa: hay muchos más).
Asimismo, es importante el tono y el mensaje que quieres transmitir. La escritura que más ayuda al cerebro es aquella en la que no existe una amenaza interna. A mí me gusta escribir desde la curiosidad y no desde la crítica, aunque alguna vez lo haya hecho desde la denuncia.
Los beneficios de la escritura terapéutica aparecen con el tiempo. Hay que darse margen y convertirlo en un hábito, no en una obligación. No es un ejercicio válido para todo el mundo, pero nada se pierde por empezar. Porque tu cerebro no es un crítico literario: no evalúa tu estilo, solo tu esfuerzo. Y creo que merece la pena.
No se trata de escribir bonito. Se trata de escribir para que tus redes neuronales piensen, elaboren… y te sostengan un poco más.
¿Empezamos?
«Escribir es una forma de cuidar la mente, de darle al cerebro algo que hoy casi nunca recibe». (Nazareth Castellanos)




Muy buena recomendación, Leo, yo también ánimo a utilizar la escritura terapéutica. Para mí escribir sobre mi experiencia me ayudó mucho, vivir con dolor crónico no es fácil, al escribir ordenas tus pensamientos y puedes comprender mejor lo que te está pasando. No cura, pero contribuye a tu bienestar emocional, al menos en mi caso.
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Gracias Verónica y comparto tus palabras. Tras escuchar un podcast de Nazareth Castellanos sobre los beneficios de la escritura me dio la idea. Ambas comenzamos nuestros blogs casi a la par y ha sido una herramienta doble. Ahora intento hacer escritura más narrativa. Pero como todo has de estar inspirado y tener el día, que no es nada fácil. Sabemos que no cura, pero ayuda y bienvenida sea. Un abrazo amiga.🐞💕🫂
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